Hola, manga d’hijunagransiete. ¿Que talco? ¿Que acelga? ¿Cómo andamio? Esperen un momento. ¿Por qué razón si hay acelga ando comiendo andamio? ¿A ustedes les parece? Como le hacen esto a un pingüino de edad avanzada como yo. Son unos inconscientes. ¿Saben como van a doler los caños a la salida?
Bueno. Ya que nadie se digna a darme de comer algo como la gente y en vista de que mis obligaciones no se van a realizar por si mismas, procedo con la escritura de esta columna superextrarchiespecial que será incluida en la edición del especial fantabailes 2000 que ha realizado el estudio al cual pertenezco, no sin antes deshacerme de las porquerías con las que me han alimentado... ¿Alguien trajo Cagarol?
Me dirigí como de costumbre a las oficinas centrales de Sunchine Estudios, los analfabetos que realizaron parte del material contenido en este infame boletín de la mentira, a disfrutar de una agradable velada en la que comeríamos hamburguesas y tortilla de patatas, y serian las pitufinas quienes traigan la ensalada, subiríamos el volumen, bailaríamos mogollón, saltaríamos, brincaríamos viendo la televisión. Pero fue justo cuando me disponía a entrar con el bonete y la matraca al grito de “¡Pitufo! ¡Pitufo! ¡Que bien que soy pitufo! Me siento muy feliz de ser azul” aparecieron los azules de verdad.
“!Documentos!”... Exacto... Documentos fue la última palabra que llegué a escuchar. Después de eso perdí el conocimiento, me pregunto si el Suboficial Fernández, quien se había ubicado detrás de mi con un pedazo de plástico en forma de Sable Láser de la Guerra de las Galaxias pero que no brillaba habrá tenido algo que ver.
Cuando recuperé el conocimiento y la cordura... Bueno, cuando recuperé el conocimiento me dijeron que había zafado, que gracias a gente de alto poder se me había concedido el permiso para retirarme.
Salí de allí temblando. No se si de miedo, de nervios, o de frío. Seguramente fue de frío, ya que no traía pantalones. Bah, los traía, pero por debajo de la altura de las rodillas. ¿Dónde habré dejado mi cinturón?. Al agacharme para levantarlos noté también que me faltaban los cordones de los zapatos. O eso, o me volví a poner los mocasines hechos mierda.
Sentí un gran alivio al ver quienes eran los que habían venido a mi rescate. Uno era el jefe, que quién sabe por qué se había apiadado de mi. El otro era una persona a la que había conocido hace pocos minutos. Era el mismísimo Suboficial Fernández, pero esta vez su Sable si brillaba.
miércoles, 3 de enero de 2007
Tercera Colucna Evangeniolistica
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